Hay gente, en Escaramujo


Por May Durán

Estamos en la reunión final del período de prácticas preprofesionales, los escaramujenses estamos cargando las pilas para de nuevo comenzar en serio y hacer un poquito de todo en el año que nos viene encima, esto es para la gente de escaramujo:

 

“Hay gente”

¡Hay golpes en la vida tan fuerte, yo no sé! Sin embargo también hay personas capaces de esperarles y superarlos. Hay personas que despiertan con ganas de soñar, de hacer; con ganas de jugarle cabeza al camino y ganarle la partida contra el “yo no puedo hacer nada”. Hay personas que no intentan cambiar el mundo, pero se deshacen por el pedacito de a su lado, que brindan magia a quien ya no la halla, a ese que siente que la vida le pasó la cuenta. Hay gente que lucha a sonrisas, a igualdad, a comunicación. En fin hay gente, y eso es todo lo que importa.

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El pacto


Por Monica Lezcano Lavandera

Año 1950. Ella, sentada en el muro del portal, intentó maquillar sus doce años para estar a la altura de aquellas que se deslumbraban ante el retrato viril. Él, alborotando la espera con el ruido de su moto, solo atinó a guiñarle el ojo a la más joven del vecindario.

Meses más tarde, una inundación en el barrio tradujo ese primer encuentro de miradas en una unión de por vida. Ofrecido para evacuar a quien lo necesitara, el galán cedió ante la seducción de las piernas de la adolescente, empeñadas en resbalar una y otra vez para recibir la recompensa del rescate.    

Su fama de pepillo lanzó la relación amorosa a la clandestinidad durante tres años hasta que, en medio del ajetreo revolucionario de la época, formalizaron el noviazgo con algunas condiciones: Él, integrante de la juventud ortodoxa, juró no abandonar la lucha. Ella, futura maestra, prometió apoyar la causa y no trabajar nunca para el tirano. Ambos postergarían su casamiento hasta que la Revolución triunfase. Así se selló el pacto.

Más de medio siglo ha transcurrido, pero no impide que Rosa López Márquez y Pablo Rodríguez Puentes sigan atados a un compromiso: sustentar y enriquecer su historia de amor, que es casi idéntica a sus historias de vida. Ella, ahora meciéndose en el sillón para aliviar los achaques que el tiempo le deja en el cuerpo, y él, masajeando el ya escaso cabello con el empeño de reconstruir los detalles que escapan de su mente; se contentan con desandar a menudo la caja de fotografías para volver a vivir sus mejores recuerdos.

Entre el bullicio de la céntrica avenida conocida como Cavada, en la ciudad de Pinar del Río, y el incesante golpear del martillo de un vecino transcurre esta suerte de invitación a la pareja a testimoniar sus alegrías, angustias y miedos. Amparados por una bandera cubana que adorna la ventana de su casa, acceden a repasar sus memorias, con modestia y naturalidad. Ya están listos. Comienzan a brotar las evocaciones.

El pacto ¿roto? 

“Me gradué en 1956 en la Escuela Normal para Maestros, pero no podía trabajar a  menos que hubiera una palanca, o una fuerza política que influyera, muchas tuvieron que vender su cuerpo para poder ejercer. Yo trabajaba en la casa, lavando para la calle junto a mi mamá”, recuerda Rosa, quien proviene de una familia pobre, de siete hermanos.

“En aquel tiempo había una efervescencia bárbara –continúa-. Me enrolaba en la huelgas, los días 26 de julio hacía brazaletes, repartía propagandas, o lo que estuviera a mi alcance para contribuir al movimiento. Tenía miedo, porque sabía que podíamos caer presos en cualquier momento”.

Pablo, por su parte, explica: “En mi casa nos detenían a cada rato porque éramos combatientes clandestinos, tenía un hermano huyendo y otro en la cárcel de menores. Y mi padre, un obrero de la fábrica de fertilizantes, era quien nos inculcaba ese sentido de lucha contra la injusticia. Sufríamos mucho por mantener nuestros ideales. 

Ella siempre se mostró firme, fue mi soporte en las circunstancias más difíciles. Pero en el 58 había muchos prejuicios, veían a la muchacha conmigo, cinco años menor que yo, y decían que era un maridaje. Entonces cuando me detuvieron en San Cristóbal por estar vinculado al movimiento, le dije: ′tú puedes ser más útil estando casada, así no habrá ataduras para estar siempre juntos’. Y nos casamos, el 20 de septiembre de 1958. Rompimos nuestro pacto, pero acordamos no tener hijos hasta que la situación se calmara, no queríamos dejar a un niño huérfano”.

Matrimonio feliz

“Cuando empezamos a vivir juntos yo estaba integrado a tantas tareas que casi no ganaba dinero en mi trabajo como viajante de almacén. Por suerte ya tenía una casa, que con esfuerzo fui construyendo”, cuenta el jubilado a la vez que mueve sus dedos haciendo círculos en el aire.

“Eran momentos duros, momentos en que se estaba desangrando el país -resalta Pablo-. No había entusiasmo ni dinero para fiestas. Ya teníamos algunas sábanas y toallas bordadas con nuestras iniciales. Nos casamos en la notaría a las once de la mañana, y los testigos fueron compañeros míos de la clandestinidad. La luna de miel fue en San Vicente, en un hotelito modesto, pues era el que podíamos pagar. Pero fuimos muy felices porque estábamos enamorados”.

-“Estamos”, -interrumpe ella con tono jocoso.

Luego de la digresión, el entrevistado se esfuerza en describir una de las escenas más peligrosas que vivieron como pareja: 

“Sobre la una de la madrugada de aquella noche, íbamos con un material para la insurrección. Por suerte, vi la puntica del carro de la policía. Escondimos el encargo bajo la saya de Rosita, que era ancha, con mucha tela. Llenos de nervios, pasamos de brazos cruzados por donde estaban los esbirros, quienes nos detuvieron. Me registraron e interrogaron, hasta que sospecharon de ella y quisieron inspeccionarla. Yo les dije: ‘Pues nos vamos a la unidad y buscan a una mujer pa´ que la revise, porque esa es mi señora y ustedes lo que quieren es tocarla. Primero tienen que matarme′. Y así pudimos salir de aquel momento tenso”.

“Pero tanto estrés no nos hizo ser una pareja infeliz -añade la señora de 76 años-. En esos tiempos derrotar a Batista ocupaba nuestro primer orden de prioridades, porque lo que teníamos no era una vida. No dormíamos pensando que nos podían atrapar en nuestra propia casa y cada día caían más compañeros. Aquello parecía interminable, pero cuando se lucha por un ideal, cualquier sacrificio vale la pena”.

-¿Y el primero de enero?

-“No hay nada comparable con ese día. Para mí significó la ruptura de las cadenas que oprimían a los cubanos. No tengo mayor regocijo que el de haber visto al pueblo tirado pa´ las calles. El sueño de nuestras vidas se hizo realidad, aquello que tanto habíamos deseado y que prometía perdurar bajo el mando de Fidel Castro”, dice ella.

“Me considero parte de la Revolución, la siento como propia, porque no hay actividad en la que yo no haya participado y contribuido, desde la parte armada hasta la ideológica. Cada día la quiero más, pues valoro lo que tengo aunque me falten algunas cosas. Pienso en la victoria cubana con orgullo. Yo soy de los que tienen menos, pero estoy muy feliz de saber que mis hijos pueden salir sin miedo a que los maten”, comenta el viejuco de 82 años.

Frutos del amor

“Después del Triunfo continué mis luchas para mantener el poder en manos de los revolucionarios. Participé desde diciembre de 1960 en la Limpia del Escambray. Regresé unos meses después, pero tuve que salir otra vez de la casa a pasar la Escuela Superior de la Contrainteligencia. Ella comprendía mis ausencias, y me acompañó en las milicias preparando vendas y medicinas para los primeros auxilios. Los dos formamos parte también de la campaña de alfabetización, hasta que en 1962 decidimos tomarnos un tiempo para alargar la familia”, expone el veterano.

“Las dos veces que di a luz él estuvo lejos de mí. Cuando nació Iván, mi primer hijo, Pablito había salido en el tren en ocasión de proclamarse la Primera Declaración de La Habana. Con Rubén, el segundo, fue una historia parecida. Tenía fecha de parto para noviembre, y en octubre me entraron los dolores. Cuando él regresó ya había parido. En esos momentos una desea estar al lado de su esposo, pero las necesidades nos llevaron a ser fuertes y superar la distancia.

El proceso de crianza lo pasé casi sola, pero tuve la ayuda de mis vecinos y familiares. En esa época comenzaron los círculos y así pude seguir con mi vida laboral, que también fue complicada, porque estuve unos cuantos años como maestra en una escuelita en San Luis, que queda a un montón de kilómetros de mis casa”.

“Le dedicaba a mis hijos todo el tiempo que podía, incluso al primero que tuve cuando aún no conocía a Rosa. Nunca se sintieron abandonados ni tristes, pues tratamos de explicarles, aun de pequeños, las causas por las que lucharon sus padres y la necesidad de mantener las conquistas alcanzadas”, sostiene él.

“Ha sido difícil, no lo niego, pero hemos sabido crecernos, incluso ante el reto de adoptar legalmente a una de nuestras nietecitas, quien ya es una mujer hecha y derecha, y nos ha dado otros dos bisnietos”, comenta Rosa con orgullo.

En la intimidad

Ríen. Se miran como dos adolescentes. No sienten que han pasado tantos inviernos por sus cuerpos. Rememoran cada instante con la misma pasión de siempre.

“Nunca pensamos que los contratiempos que vivimos fueran a destruirnos. Al contrario, llenábamos los espacios vacíos con los encuentros. Cuando hay tanta comunicación y la pareja está segura de que se ama, ningún obstáculo importa”, asegura la entrevistada.

“Nuestros ideales nos han mantenido unidos, aunque hayamos estado separados físicamente. En todo ese tiempo no sentimos celos el uno del otro, porque pienso que cuando en un matrimonio no existe la confianza, lo mejor es que se separen”, enfatiza Pablo.

“Siempre hemos sido cariñosos, y creo que lo que más nos ha fortalecido es que nos gusta lo mismo. Si yo voy al estadio, allí está ella para apoyarme en cada inning, si veo el fútbol es igual, y si juego dominó también me sigue la rima.”

“Y nos encanta el danzón –añade Rosa entusiasmada-. Aunque ninguno de los dos somos buenos bailadores, pero nos divertimos.

Prefiero coser, leer y oír boleros. Ahora me entretiene mucho el círculo de abuelos y es un buen remedio contra la artritis. Hacemos fiestecitas, peñas, excursiones y compartimos entre todos los recuerdos que nos mantienen jóvenes espiritualmente”.

Hablando de gustos, Pablo no puede disimular su cariño hacia Pinar del Río: “Aquí nací y he construido una vida. Este es mi entorno, donde me siento bien, donde tengo una lanchita pa´ pescar, donde están mis amistades…Si me sacan de Pinar me muero como pez fuera del agua.

-¿Cuál ha sido el momento más difícil que han superado juntos?

– Durante algunos años fui representante en la Unión Soviética del Plan de desarrollo energético cubano. Cuando estábamos en Moscú a Rosita la ingresaron por diez meses. Pasé días duros, porque tuve que encargarme de la casa, de los niños y de mi trabajo diario, que me ocupaba mucho tiempo. Llegaba a quitarme el traje y la corbata para ponerme el delantal. Me dolió ver como faltaba la solidaridad, pues me elogiaban pero nadie se ofreció nunca para ayudarme. Ante este problema, me dieron la posibilidad de regresar a Cuba, pero ella, convaleciente, dijo: ‘Él no ha fallado ninguna misión que se le haya encomendado, y no va a ser por mi causa que abandone este proyecto′. Y así logramos sobrepasar esa etapa, con la seguridad de estar haciendo lo correcto.

Otro de los momentos que nos puso a prueba fue el Período Especial. Yo ganaba una buena jubilación por tantos años como director y vicedirector de la empresa eléctrica, pero cuando se cayó el Campo Socialista ningún dinero era suficiente. Dimos un giro total. Tuve que hacer de todo, hasta salir a los campos a cambiar luz brillante, azúcar prieta o cualquier cosa que tuviera por arroz o frijoles. Yo lloraba de la impotencia de no poderle dar de comer a mi mujer y a mis hijos, y eso que no soy flojo para las malas situaciones”.

-¿Qué los mantiene juntos después de 8 años de noviazgo y 55 de matrimonio?

-“El amor. Nos comprendemos mucho, sentimos las mismas necesidades de afecto. No sé qué sería de mi vida sin él”, confiesa Rosa al tiempo que  acaricia sus rodillas.

El silencio duele. Las lágrimas muestran lo que no pueden las palabras. Él, casi sin voz, susurra: “Solo quisiera morir antes que ella, porque no sabré qué hacer el día en que me falte”.

“Me conformo con que esté junto a mí, yo me siento a ver la pelota y le pido que se quede a mi lado, aunque a veces se me duerme y tengo que despertarla”, dice ya con una sonrisa. 

“Entre nosotros ha primado el respeto y la consideración. Hemos tratado siempre de conversar sin llegar a discutir, y de esa forma solucionamos las dificultades que han existido en estos 63 años”, declara la eterna enamorada.

“Yo nunca le he dicho: ‘Tráeme esto, sino, hazme el favor Rosita′. No me gusta abusar de las mujeres, ni pedir imposibles. Trato de manejar cada situación dura con la mayor serenidad, y siempre dando a mis hijos y nietos la educación que se merecen. Aconsejo a los jóvenes que sepan escoger bien a su pareja, que la amen y comprendan, porque a nosotros nos ha funcionado hasta ahora, y nos seguirá funcionando mientras nos queden fuerzas para seguir”.

 -¿Cambiarían algo del otro?

-“Bueno… si existiera la fuente de la juventud yo la empujaría para que se mojara un poquito, aunque sea para retroceder hasta los cuarenta”, exclama él entre el jaraneo que provocó la pregunta.

“Estoy contenta con mi esposo. Me siento realizada y feliz con mi matrimonio, y no me arrepiento de que él haya sido mi único novio”.

Ante esa confesión, Pablo reacciona: “Debo ser sincero, yo sí tuve algunas noviecitas antes de conocerla, pero la forma de amar de Rosa es exclusiva, no he encontrado en nadie esa mirada de ella que todavía me tiene loco”.

Las frases cómplices son cortadas a menudo por la risa, por el apretón de manos, por el balanceo nervioso en los sillones. Y pasan las horas, casi inadvertidas. No parece haber final para las anécdotas de estos amantes, quienes no solo testimonian sus vidas, sino también la de la Revolución. Los rumbos de Pablo y Rosa siempre han estado signados por un pacto de amor hacia la pareja, y hacia Cuba.

“Un nuevo compromiso tenemos ahora: mantener lo que hemos logrado en estos 63 años juntos, ver la prolongación de la generación que formamos, sin perder esa pasión que nos unió cuando éramos solo adolescentes”, asegura él.

Otro pacto ha hecho ella con la vida, traducido ahora en deseo: “Quisiera, si muero primero que Pablito, que él me susurre la canción Historia de un amor, esa que tantas veces me silbó cuando no se sabía la letra ni podía imitar a Pedro Infante. Solo pido que me despida con esos versos. Es la historia de un amor / como no hay otro igual. / Que me hizo comprender, / todo el bien todo el mal, / que le dio luz a mi vida,/ apagándola después./ ¡Ay, qué vida tan oscura,/ corazón/sin tu amor no viviré!.  

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Disyuntivas de Superman


superman

Por Yohana Lezcano

El regreso a Cienfuegos, luego de un fin de semana fiestando en El Nicho, tuvo que ser en camión. Julio le tapó los ojos a su novia para que no viera el precipicio que iban dejando atrás al subir la loma. En eso un frenazo lanzó al tipo que estaba al lado de la muchacha sobre sus caderas. “Qué rica estás mamita”, le soltó el extraño en su borrachera y recibió en el acto un derechazo en la nariz.

¡Y se armó la bronca!… Ni siquiera las 16 veces que Verónica le imploró a su novio que dejara de fajarse sirvieron para impedir que a los contrincantes los bajaran del Kamaz y no pudieran continuar viaje.

La violencia sigue siendo, uno de los “requisitos” para ser varón en la Cuba del siglo XXI. Algunos de los hombres que conozco reconocen ante mis preguntas que es muy difícil no reaccionar de manera agresiva ante un conflicto, “porque es algo que tenemos incorporados como hombres latinos, es parte de nuestra cultura”, opina uno de ellos.

Ante tales creencias, Julio César González Pagés, coordinador de la Red Iberoamericana y Africana de Masculinidades (Riam), insiste en que la violencia es una manifestación sociopsicológica que se reproduce en los modos de socialización masculina, pero no debe considerase parte de la idiosincrasia de la Isla. “No creo que la cultura sea biológica, ni que estemos obligados a seguirla, sino que la construimos y la deconstruimos. El machismo no debe perpetuarse en las formas de interacción de los cubanos”.

En estos temas el ejemplo más socorrido tradicionalmente es el de la esposa abusada en el ámbito doméstico, y quizás se analice menos cómo repercuten las relaciones de poder desiguales entre los hombres y sus madres, hijas, hermanas, amigas, vecinas o compañeras de trabajo.  

Poco se habla aún de la amplia gama de expresiones agresivas ejercidas por algunos varones hacia otros, tanto en espacios públicos como privados. Consciente o inconscientemente, todo lo que escape del canon de macho hegemónico pasa a formar parte de la etiqueta de perdedor.

Por ejemplo, un hombre puede ser violentado por ser de pequeña estatura, por no tener éxito con las mujeres o poseer un estatus socioeconómico bajo, por no mostrar habilidades para el deporte, por tener el pene corto o por ser tímido…

Existe un tercer tipo de violencia incorporada a la cotidianidad de algunos varones: la autoagresión. Muchas veces estas prácticas legitimadoras de “lo masculino” repercuten directamente en la salud.

“Soy alérgico a los hospitales. Hace casi tres años, me caí escalando una cascada y reboté por las rocas, me di tremendos golpes en la cabeza y el cuerpo, estuve dos días sin orinar por los golpes internos…y no fui al médico. Ahora que lo pienso mejor, en verdad fue una locura”, cuenta uno de los entrevistados para este trabajo.

Como ese caso pueden mencionarse muchos, entre ellos los cientos de jóvenes que se inyectan aceite de maní en los brazos para aumentar el volumen de bíceps y tríceps, provocando en ocasiones la amputación de músculos; o aquellos que juegan cualquier deporte lesionados porque aumenta su “honra como hombres”.

La ignorancia y el machismo hacen que un número no despreciable de la población masculina en Cuba sea afectada por el cáncer de próstata. “La negativa a someterse al método de diagnóstico (tacto rectal) por la idea del “cuerpo impenetrable”; impide detectar a tiempo la patología”, revela un estudio realizado por Yonnier Angulo, historiador y miembro de la Riam.

Urge entonces una nueva visión que haga frente a las conductas de riesgo asumidas solo por el hecho de haber nacido varón. Los hombres aún pueden luchar por una cultura de paz.

¿Matar al mensajero?

La construcción simbólica de identidades masculinas halla también espacio en los medios de comunicación.  Pero, por lo general, los modelos que se reproducen responden a las concepciones hegemónicas del macho viril, fuerte y controlador.

En El sexo de los ángeles, un estudio sobre género y comunicación, la doctora Isabel Moya, directora de la Editorial de la Mujer, señala: “Las llamadas masculinidades híbridas o en tránsito, que pretenden dejar atrás estas asignaciones estereotipadas, apenas se vislumbran en algún que otro espacio mediático”.

Aunque en alguna medida se visibilice la diversidad de identidades de género, casi siempre esta queda subordinada a concepciones heteronormativas.

“La ideología androcéntrica se resiste a ser totalmente sustituida por relaciones de equidad y se solapa, se repliega, se metamorfosea en las rutinas productivas, en las interpretaciones de la política informativa y en la toma de decisiones en los medios”, agrega Moya.

Ahora bien, no todo es culpa de spots publicitarios, películas de acción, videos clips, carteles de rap o el reguetón de las guaguas si de transmisión de la violencia y aceptación de la moda se trata.

El entorno comunicativo es construido por subjetividades individuales construidas en lo cotidiano y permeadas de prácticas aprendidas de generación en generación. Como productores y consumidores también participamos de las representaciones mediáticas de la masculinidad y la feminidad.

Más allá de críticas infructuosas, se trata de aprovechar los espacios de capacitación y educación que brindan los medios junto a otras instituciones para que hombres y mujeres vivamos más armónicamente.

Esta es solo una mínima aproximación al tema, el resto lo pones tú.

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Aceptación IV


aceptación, emigración

 

Por May

Aceptación

Me despierto. Nuevamente sola, necesitaba dormir de esa manera: profundamente sin que nadie viniera a despertarme o robarme espacio de mi cama; hoy no eres tú el primero de mis pensamientos, vuelvo a ser yo. Esta mañana redescubrí las ventajas de dormir sin compañía, no dependes de nadie para despertarte, puedes remolonear todo lo que quieras e incluso ponerte a saltar en la cama sin miradas de reproche o de “eres una niña”. Hoy las cosas sencillas parecen resaltar de nuevo, se cuela por la ventana una brisa leve y contagiosa, trayendo historias y polvo nuevo, la vida continua, aunque pensaba ayer que sería enterrada por el polvo añejo de tus recuerdos. es como si no hubiese estado viviendo aquí, sino en algún lugar lúgubre donde ser mártir es lo que está de moda, pero ¿qué sentido tiene ser mártir de tu propia historia? Eso no es lo que quiero para mí, y estoy segura que tú tampoco, me pregunto ¿se sufrirá en Italia lo mismo que se sufre en Cuba? Porque los italianos también emigran, una vez escuché que las etapas del luto son cuatro: negación, culpa, ira y aceptación y que a veces no se presentan tan claramente, sino que se funden en una sola, y que la salida permanente del país de alguien muy allegado deja la misma sensación de ausencia que la muerte, y por tanto, también genera el luto, ese que nos ciega la capacidad de encontrar otras opciones, y ver las demás preciosidades que tenemos al terminar nuestra nariz. ¿Sentirán los italianos lo mismo? Pienso que sí. No creo que el dolor sea muy diferente en las distintas partes del mundo, y tú ¿me extrañarás como lo hago yo? Dicen que siempre extraña más él que se queda, ¿será verdad? Miro tu foto detrás del cristal, ya no está bocabajo en la mesita, sí te extraño, pero en Italia también se extraña y yo no soy la que está en un país extraño lejos de sus amigos, a mí, además de los tuyos, me quedan los míos.

siento una tibieza en el cuerpo, algo que creo nostalgia me recorre, pero ya no por ti, o no solo por ti, sino por mí, por lo que era antes de que te fueras, por mis ganas de reír y mi espíritu de contradicción, cuánto tiempo estuve lejos de mí misma, ahora mi reflejo me devuelve una sonrisa confiada, le quedan atisbos de tristeza escondida en las comisuras. Sí, eres parte importante de mí, pero empiezo a creer que no imprescindible, no tuviste la culpa de irte como no la tengo yo, es hora de que vuelva a reír sin culpas, requiero volver a ser yo, están jugando dominó en la calle, y hasta la vecina millonaria con sus aires de burguesa bajó con su bebita.

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Aceptación III


Por May

Ira

Un portazo hizo estremecer los cuadros. Los miré con rabia, y creo que se abstuvieron de caerse, intimidados, este era uno de esos días en que las cosas se me van de las manos y salen mal, en los que el zapato se te rompe justo antes de salir apuradísimo, las guaguas no pasan, empieza a llover, como expresión de las lágrimas que retienes fuertemente y cuando llegas que piensas que ya lo superaste todo, te das cuenta que te olvidaste de traer el trabajo final que ibas a entregar y tienes que hacer todo el trayecto de nuevo, y llegas así, cerrando la puerta con un golpe seco. Luego miras de nuevo y te das cuenta que no puedes salir, que la lluvia es demasiado fuerte. Me siento por dentro de un intenso color aguacero, con un vapor que me llena las arterias y consume cada sensación honrosa que pueda sentir, siento que no quepo en mi cuerpo, como si tuviera un grito atravesado verticalmente y sin método para gritarlo, las lagrimas reprimidas se vuelven ácido, duele tanto retenerlas como derramarlas. Tengo la necesidad de aligerarme, golpeo fuertemente la pared, le caigo a patadas, y vuelvo a golpearla con ambas manos.

Me contengo, desde que se fue todo me sale mal, ¡ahhhh!, grito, me duele la mano, pero sigo en mi perreta tirando las cosas, solo él tiene la culpa, ojalá nunca le hubiera conocido, en estos momentos sería feliz, miro a la extraña que refleja en mi espejo, con los ojos hinchados, la nariz roja y la cara demacrada.

Vuelvo a contenerme, lo que pasa es que me equivoqué, me tenía que haber quedado con un mediocre cualquiera, en definitiva los hombres interesantes son todos unos cabrones, esta vez no pude, y tú que miras como artificial desde el cristal todopoderoso, eres una estúpida por estar sufriendo cuando él seguro esta disfrutando de lo lindo allá en Milán, o en alguna de las playas de Mongibello, haciéndose pasar por un Mr. Ripley cualquiera, viviendo otra de nuestras historias preferidas.

Vuelvo a golpear el espejo, y logro gritar, gritar alto, pero no me escucho.
No es dejar de amar, es como dejar de sentir, como si una calma espantosa inundara los más recónditos sentimientos de tu cuerpo. Es ver el día nuevamente en su color, ni más blanco de felicidad, ni más negro de luto; ni siquiera te diste cuenta, pero la sangre recorre nuevamente las arterias de tu cuerpo sin volverse insoportablemente caliente, el tiempo todo lo cura, todo ya sucedió…

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Aceptación II


MEA-CULPA

Por May

Hace poco hablando con mi prima, supe por ella que la salida permanente del país de alguien muy allegado deja la misma sensación de ausencia que la muerte, y por tanto, también genera el luto. Desde ese entonces pienso que Cuba permanece en un luto recurrente¿¿Por qué no los prefirieron?? ¿¿Quién es el culpable??

Culpa

Nadie tiene la culpa, nadie. Son cosas de la vida, fatalidades, pero precisamente todas las fatalidades me ocurren a mí. Él no tiene la culpa de nada, ni de irse así de un día para otro, ni de no poder despedirse de nadie, de no poder despedirse de mí. Si tan solo yo hubiese hecho las entrevistas más temprano u otro día, es que el profesor no debía poner ese trabajo tan tarde, a mí ni me tocaba. Y él no tenía que haberse marchado tan pronto, tenía que haber pensado en mí, despedirse. Aunque creo que nunca me hubiese ido de Cuba. La culpa es de su madre?, si no hubiera aparecido el italiano ese, con sus gustos refinados y todo su bla bla bla de biología marina…

La enganchó desde que le dijo una especie, solamente conocida por él, de plancton marino. Claro que si el padre de Carlos no la hubiese dejado ella ni hubiese mirado al italiano, y ahora todos estarían felices aquí, yo con ellos, y él conmigo, pero no, se le ocurrió dejarla, supuestamente porque no aguantaba más a su suegra, y yo le entiendo, la abuela de Carlos suele ser una pedante, ambiciosa y oportunista, derrumbó el matrimonio de su hija, por eso se tuvo que ir lejos.

Pero no, la culpa la tiene nadie. Ni Antuan, por interesarse en Yamila, ni Yamila por presentarme a Carlos, el mejor amigo de su nuevo novio, definitivamente ellos no tienen la culpa por intentar que nos juntásemos, muchos menos, la que era novia de Carlos, que me dejó el camino libre en un infantil arrebato de celos, la culpa la tengo yo, por volverme loca por un chiquito de apariencia acrílica, pero quizás la tenga él por no tener mucho que ver con su apariencia, por ser el más desgraciadamente interesante de los hombres que he conocido, por ser un apasionado de Kavafis, mientras yo estudiaba gustosamente al poeta griego, la tiene él por el simple hecho de que le encantara el malecón, por tener esas maneras amaneradas sencillamente hermosas, por mantenerse ingenuo en esta corrupta aldea global, por protegerme desde que me conoce.

No, la culpa es mía por dejarme engatusar de palabras elocuentes, por sentir el líquido antioxidante en mi interior y permitirme sentir, ser libre, intentar ser feliz, es el destino el culpable de que se haya ido, porque no le interesa que seamos felices, porque veía felicidad de más entre nosotros, claro que de los celos inquebrantables del karma no escapa nadie, ilusa yo que pensé librarme, y ahora estoy aquí, sin ganas de hacer nada más que encontrar un culpable con quien desahogarme, culpable que no aparece, porque a menudo en este mundo nadie tiene la culpa.

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Aceptación I


duelo

Por May

Las etapas del duelo son cuatro: negación, culpa, ira y aceptación. A veces no se presentan claramente, sino que se funden en una sola, pero a veces llegan paulatinamente, dolorosas y demoradas, queriendo cambiar tu mundo en el tres por dos, irrumpen en ti, pero no te das cuenta, son como el viento, a veces amenazante y a veces arrullador, te hieren pero te consuelan, te sanan, y cuando miras atrás te han acompañado en todo momento, pero pocos se dan cuenta, porque pocos aceptan estar en duelo, pocos como yo.

Negación

No lo creía, ni aun cuando pasaba por su casa y veía su ventana cerrada y su Lada rojo desvencijado cogiendo polvo. Menos aun cuando pasaban, muy alto sobre mí, esos aviones blancos con su símbolo identitario en la cola, sencillamente no estaba ocurriendo, todos se habían puesto de acuerdo para jugarme una broma, pero ya yo estaba acostumbrada, muy acostumbrada. Lo vería esta noche, cuando fuera a ver el partido del Barça y el Madrid, y todo sería igual que siempre, él llegaría a mi puerta, con un ramo gigante de flores, estaba segura de escuchar “esta vez sí te asustaste”. Yo le diría que no, pero que un día me lo iba a creer e iba a buscarme a otro. Cierro la puerta y enciendo la tele, no ha empezado el partido, todavía tiene tiempo.

Preparo todo, el teléfono no deja de sonar –sí, como no, todo es igual que siempre, vengan para acá. Son sus amigos, todos deseosos de ver el futbol, y mi apartamento es el puesto de mando, ya que, gracias a la vecina millonaria de arriba, mi televisor coge las señales prohibidas. Es como un ritual, vienen muchos y hacemos una fiesta deportiva, él me abraza y tapa mis ojos para que no vea al lindo de Villa, o Messi.

Y cuando todos se van, él finge seguir viendo la programación, pero veo cómo sus ojos corren adonde yo estoy, mira mi nuca cuando enciendo la pequeña laptop y empiezo a escribir, cuando muevo el cuello y estiro los hombros, entonces empieza a caminar rodeándome, como un tigre silencioso, yo sonrío, sé cuál es la rutina y me agrada, cuando está cerca de mí, apago la máquina y me escabullo, -¿vas a quedarte? le pregunto. -No, tengo cosas que hacer. Mentira, él nunca hace nada.

Abro la puerta y lo espero, él busca sus llaves que están precisamente en su bolsillo, pero no las encuentra, va hasta mí y me pregunta si las he visto, pongo la mano en su bolsillo, mientras él me acorrala entre sus brazos y la pared, tiene esa mirada pícara de ladrón al que todo le sale bien, yo le provoco con una caricia imperceptible, pero suficiente que recorre su entrepierna, él me besa con furia, me despeina, pierde el control, vuelve a cerrar la puerta de un tirón y casi a empujones me lleva al cuarto, me gustan sus cambios radicales, a veces es un salvaje, pero otras es un niño inexperto, y otras… un filósofo. Y al final siempre se queda en la casa. Sin embargo hoy no.

Hoy amanecí sola, él nunca llegó, no perdió las llaves del carro y pude ver a Villa sin camiseta, ayer era un día importante, no por el partido, sino por él, ayer era su cumpleaños y desde hace 7 años lo pasábamos juntos y no apareció, no estaba jugando, nadie estaba jugando, todos sabían la verdad, él no fue, tragué en seco, y me sentí como al vacío, por encima de mí, se escucha un avión despegando.

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